Por Jesús Manuel Tamayo / Colaboración
“A dos años de esta tragedia, con todo el respeto para la gente de Escuinapa Sinaloa y todos sus alrededores” … Pido una disculpa a usted, querido lector, que en su naturaleza abreva el sentimiento más cómodo para hundir un instante de su mañana, tarde o noche, en estas delirantes y sofocadas líneas llenas de nostalgia. Advierto a usted la locura y la catástrofe de un evento pronosticado por Dios. No le obligo a seguir leyendo el llanto guardado en cada palabra escrita, ni tampoco quiero que se vaya, mejor abracé conmigo a la gente, mi gente, mi Escuinapa.

Lunes 22 de octubre 2018
Eran las 9:47 am cuando las noticias anunciaban lo peor que se podía esperar, el huracán Willa subía a categoría 5, la máxima en la escala de Saffir-Simpson, provocando pánico entre la gente, ricos y pobres, negros y blancos, unos y otros. Cinco minutos después suena mi celular, la pantalla me anuncia que es mi madre.
Antes de contestar, una lagrima ya hacía presencia por mi mejilla. Yo, en Choix, sano y salvo al norte de Sinaloa, en la otra orilla, donde no pasaría absolutamente nada, donde el agua ni siquiera mostraba un gesto de afecto para calmar el sudor.
Contesté la llamada y lo primero que escuché fueron lágrimas inalcanzables, lagrimas que duelen, distancia que abraza, escuché los gestos de su rostro, sus ojos desesperados, sus pies rodeando el comedor, su infancia y la mía en esa casa que quizá dejaría de existir. -¡Por favor no te vengas, tú estás a salvo allá.
Me dijo con voz entumida, como cuando el deseo se aleja y pospone su llegada en un murmullo. Rápidamente tomé mis cosas, dejé mi trabajo y me subí en el primer camión.
Las horas pasaban demasiado lentas, inconcebibles, el tiempo era una mirada adornando la soledad. Llegué a Escuinapa a las 9:23 de la noche, mi padre resguardaba las cosas que tienen valor familiar, como diplomas, fotografías, vajillas, discos, libros, y mis guitarras. Mi madre atendía los primeros auxilios, empleando su amada profesión; enfermería. Los abracé y prometimos estar juntos los tres, esperando el golpe a la hora que fuera.
Martes 23 de octubre 2018 / Día del impacto.
Esa mañana nublada y alarmante, a pesar de que Willa descendió su fiereza a categoría 3 con vientos de 195 kilómetros por hora, el miedo seguía acechando brutalmente en las calles. Los supermercados totalmente llenos, más de 2 mil personas desalojadas de Teacapán, Cristo Rey y de la Isla del Bosque llevadas a los albergues establecidos en el municipio.
Sería un día muy difícil e imposible de olvidar, nos iban a pegar y muy duro, ¿Dios se habrá acordado de nosotros en este instante? A las 2 de la tarde mi padre y yo decidimos resguardar el exterior de nuestra casa. Trepamos al techo y aseguramos los compresores de los minisplits, las ventanas de los cuartos, tapamos con lonas las jardineras y cualquier hueco en el cual pudiese entrar el aire a la parte de abajo.
En la puerta del patio colocamos costales llenos de arena para que el agua no entrara por la cocina, el carro lo pusimos de tal manera que apretara al portón eléctrico para evitar que se desprendiera.
Llegó la tarde y mi pueblo estaba totalmente guarecido. Yo en la sala empezaba un concierto a guitarra y voz, cantaba una canción de Alejandro Filio, mi madre en la mesa con pan y agua, mi padre en la computadora pendiente de las noticias. Con mi canto pretendía embellecer el turbio panorama de mi familia, pensaba en toda esa gente con casas humildes, en esa gente que se resistió al desalojo, esa gente que podía perder sus cimientos y su esperanza de vida.
El presidente municipal en ese entonces, Enrique Moreno, daba aviso a la ciudadanía de no salir para nada, de no asomar las narices a la calle, de permanecer y resistir. La señal de comunicación se había caído para las 7 de la tarde, las llamadas eran imposibles, solo quedaba la música como alivio.
A las 7:45pm, el agua llegó con furia a nuestro pueblo, golpeando todo lo que estuviera afuera. Los árboles campaneaban, las hojas tocaban nuestras ventanas, el aire declamaba una sonoridad turbia con un acorde menor o un tritono prohibido en la Edad Media. A las 8:00pm, todo era ciego y lastimoso, el portón eléctrico se balanceaba, el aire se sofocaba en su cuerpo, golpeaban nuestra puerta con todas las ganas de entrar. En el cuarto mi madre se aferraba a un rosario, la luz no existía para entonces, las veladoras alumbraban nuestros rostros confundidos. Mi padre mantenía la calma, aunque por dentro sufría y vaya que sí. La lluvia era cada vez más intensa, no colmaba, no se apiadó de su naturalidad, no desvanecía su grandeza.
Teníamos miedo, y era un miedo demasiado largo, como los puentes de los Cayos al sur la Florida. La tristeza y el temor se apropiaban de nuestros cuerpos. La lluvia no cesó en toda la noche. Miércoles 24 de octubre 2018 Escuinapa era un pueblo apocalíptico. En cada esquina se instaló el fin del mundo. Nuestro hogar casi no sufrió daños.
Salimos a observar el desastre que había dejado Willa, encontramos bardas derrumbadas, portones partidos por la mitad, casas por los suelos, anuncios y letreros tirados en las aceras, árboles estorbando el tránsito.
Muchos daños reportados al municipio, estructuras importantes como la unidad deportiva, escuela secundaria Dr. Eligio Díaz, escuela secundaria SNTE, preparatoria UAS y CBTIS, plazuela Corona, Hospital General entre muchas instalaciones que sufrieron un importante daño en su estructura.
El pueblo seguía incomunicado, los postes de luz fueron abatidos, elementos de la secretaría de Marina y de la Defensa Nacional junto con cuadrillas de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) brindaron cabalmente su apoyo para recuperar la normalidad en los servicios del municipio y sus alrededores, esto tomó un largo tiempo después de tanto daño material.
Lo que más dolió fueron las personas que quedaron sin un techo, sin ropa, sin alimento, sin palabra ni mirada, eso es un dolor grabe y aturdido, que lleva cada hombre que lo sintió. Cada hombre cuya esperanza se redujo a nada o casi nada. Willa nos dió en la madre y en el corazón.
Cargamos un sentimiento lleno de impotencia muy abismal. Sin embargo, como pueblo unido supimos salir adelante ante este suceso natural, la gente unió sus brazos y donó mucha vida y esperanza a otros que padecían. Mis padres junto a cientos de personas repartieron víveres en Teacapán y la Isla del Bosque en donde la tormenta arrasó con casi la mitad de las casas.
El malecón quedó destruido como nuestros sentimientos, y sí, en estas líneas he llorado, y las escribo con enorme congoja, aunque también con enorme orgullo por toda la gente que supo salir adelante, que supo levantar al pueblo, por todos ellos que lucharon y lo siguen haciendo hasta la fecha, porque en verdad, que triste se oye la lluvia cuando mi madre llora.
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